El retorno


Hijo primogénito de una pintora aficionada, Ana María Urrutia, discípula del maestro de la antigua Academia de San Carlos Germán Gedovius, Arturo Alvaradejo comenta que su madre le enseñó a dibujar antes que a escribir. Ella le transmitió aquel gusto precoz por el arte y, sobre todo, por la pintura, que lo llevó a admirar los grabados de Gustave Doré y de Goya cuando otros jugaban a las canicas. Incluso él recuerda haber incursionado en el "muralismo", pintando en las paredes de su recamara retratos de Diego Rivera, de David Alfaro Siqueiros y de Dante Alighieri en medio de las llamas del infierno; al término de lo cual lo mandaron de vacaciones. A su regreso, las paredes de su habitación relucían de pintura blanca.

Pero Arturo Alvaradejo, al igual que su madre, no estaba destinado a ser pintor profesional. Las presiones familiares, las exigencias propias, la necesidad de ganarse la vida lo llevaron a desarrollar una exitosa carrera en la banca mexicana (Bancomer, Comermex, Crédito Mexicano) y como ejecutivo en diversas empresas (Unysis, World Trade Center, Publicidad Ferrer). Durante treinta años se vio obligado a dejar a un lado el ejercicio de la pintura. Se mantenía informado de lo que pasaba en el mundo del arte, disfrutaba de la frecuentación de los museos, pero no tocaba ya los pinceles. No obstante, la ambición de pintar nunca lo abandonó y, a principios de los ochenta, logró presentar una primera exposición individual en la Galería Val-Ray, que pertenecía a los hermanos Baltasar y Raymundo Martínez, ambos premios nacionales de pintura y escultura.

La nacionalización de la banca en 1982, que transformó la vida de tantas personas en México, tuvo un fuerte impacto en Arturo Alvaradejo. Él continuó con las responsabilidades propias de un ejecutivo, pero sentía cada vez más la necesidad de encontrar una nueva posibilidad de realización personal en la pintura. Presentó otra exposición individual en Multibanco Mercantil de México, con una escenografía diseñada por Raymundo Martínez. En esta "Crónica de un viaje interior", como se tituló la muestra, Alvaradejo intentó traducir la crisis existencial que estaba atravesando.

En esa misma época, animó a su madre a volver a la pintura y la apoyó en la realización de dos exposiciones individuales que reunieron sus cuadros de corte académico, de flores, paisajes y vistas arquitectónicas. Durante mucho tiempo, hubo en la pintura de Arturo Alvaradejo ecos del estilo convencional de su madre. De hecho, él mismo confiesa haber oscilado entre la pintura académica, la figuración y las tendencias vanguardistas, pero acabó por predominar su admiración por Van Gogh, Kandinsky y Pollock. Con el tiempo, su dibujo y su pintura se emanciparon de la influencia pictórica materna para orientarse hacia la abstracción.

Ante todo, para Arturo Alvaradejo la pintura siempre ha sido una pasión. Esto queda manifiesto en sus cuadros abstractos, de manera inmediata, en la fuerza gestual que éstos proyectan: la superficie pictórica está saturada de enérgicos brochazos, y las capas de pigmentos en acrílico son espesas y a veces chorreadas. La investigación de las formas, en su proceso de desintegración para desembocar en la abstracción, es la actual preocupación de Alvaradejo. Antes, lo atraía la figura y en particular el motivo de la flor. "Si me fueran a ofrecer una prueba de la existencia de Dios, sería la flor", explica el autor. Sus cuadros eran entonces de formato más pequeño, y describían flores en medio de un paisaje campirano o colocadas en un florero. Él mismo considera esa etapa de su producción como meros ejercicios. De cualquier manera, le permitió introducirse en la creación de un "ambiente", un poco al modo impresionista: las flores parecen levitar, separadas de sus tallos y hojas, y apenas si se adivina el entorno (el florero de cristal, la casita de adobe, la banca en el jardín, etc.). Pero la descomposición de la figura se concreta mayormente en su pintura abstracta.

En la transición de la figura a la abstracción -influída por Jackson Pollock en sus métodos de action painting-, los contornos de la flor se empiezan a alterar y se unen al fondo manejado a manera de campos de color atravesados por grandes trazos caligráficos. La imagen cobra entonces rasgos "japonizantes", que evocan a veces la obra de artistas postimpresionistas (Van Gogh, Gauguin, Matisse) de la Escuela de París. Por el contrario, en los murales recientes que ha realizado, intenta transmitir, a la manera de Pollock, la intensidad de las fuerzas vitales y cósmicas con grandes giros y vórtices de formas.

Algo más hay que decir de la pintura de Arturo Alvaradejo. A pesar de que la ha inspirado una crisis existencial y el rechazo de las enseñanzas pictóricas del pasado, nunca resulta sombría su paleta; al contrario, los tonos que se repiten de cuadro en cuadro son francos, contrastados y, por qué no, explosivos. Quizá sea porque para este autor, el regreso tardío a la pintura se ha traducido en "la crónica de un viaje interior: el nacimiento, el crecimiento, la noche oscura del alma, la muerte, el renacimiento. Como él mismo lo señala, "la pintura siempre refleja emociones y estados de ánimo".

Sylvia Navarrete

Julio 2001


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