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Erik el Belga
El arte en el ojo ajeno Redacción, el 16/07, 2003
Entrevista

Sus madonnas. Copia con admirable maestría todo lo que se le ponga delante, pero su tema preferido es el religioso.
 
 
“Donación”. En 1995 entregó unos cuadros a la iglesia a la que robó 30 obras.


ENTREVISTA / ERIK EL BELGA

“Todos los grandes ladrones de arte han hecho mucho bien”

Erik el Belga es el ex ladrón de arte más famoso de España y Europa y uno de los “top” en la lista internacional de expoliadores. Desde su refugio en Málaga, donde pinta tablas religiosas con una maestría increíble, y asesora a coleccionistas y museos, cuenta retazos de su vida “en activo”, tan azarosa como la conyugal: se ha casado siete veces y tiene seis hijos de seis mujeres distintas. Ni es millonario ni un santísimo delincuente arrepentido.

por Elena Pita

P. René Alphonse van der Berghe (Nuiville, Bélgica, 1950), ¿cómo he de llamarle?

r. Erik.

P. Siempre pensé que se trataba sólo de un nombre de guerra.

r. No, me llaman así desde pequeño. A mi madre no le gustaba el nombre de René, fue cosa de mi padre, que no tenía gusto. Así que ella a los cinco años me rebautizó. Y como soy belga, pues Erik el Belga. Y no, no es ninguna una ofensa.

P. Erik, ¿se arrepiente de su pasado?

R. No, ¿de qué?, ¿de haber salvado miles de obras que estaban tiradas en la calle? Los que deberían arrepentirse son esos que las han vendido como patatas; yo las he comprado. Era otra época, el negocio era aconsejado por el Vaticano y autorizado por el Estado español. El clero es poseedor de su arte, vende las obras que son de su propiedad: era expoliación, pero era legal, y eso es el mercado del arte.

P. Robar por hambre exime de culpa, ¿robar por amor al arte también?

R. Jamás me he sentido culpable, ¿de qué me iba a sentir culpable? Además, yo no vivo de mi pasado, porque si así fuera estaría muerto.

P. ¿Es usted belga calvinista?

R. No, soy simplemente cristiano, sigo la vía del corazón, que siempre me ha funcionado muy bien. Aquí vivo como uno más, tomo el café frente a la playa y el pescadito..., y nadie se preocupa de mí.

P. Dice que sus robos fueron beneficiosos para el arte sacro español, al que compara con los tesoros de Egipto.

R. Todos los grandes ladrones de arte han hecho mucho bien al arte. Si Lord Elgin (embajador británico en Grecia) no hubiera robado los caballos del Partenón, se hubieran podrido. Todo lo que se ha salvado ha sido a base de expolios. España es el primer país del mundo en arte religioso, el 82% de su patrimonio artístico es religioso, y eso se ha sabido gracias a mi voz. Hoy es un valor claramente económico, una fuente de ingresos, a través del turismo cultural, que aquí se ha ignorado completamente. ¿Y qué otra cosa tiene España, si no hay petróleo, ni agricultura, ni nada?

P. ¿Y qué propone para que tomemos conciencia de este valor? ¿Que otros sigan expoliando como usted?

R. Yo nunca he fomentado la expoliación, y he expoliado muy poco porque ¿qué es expolio?, ¿robar una tabla podrida o dejarla pudrirse sin más, o dejar que el agua caiga dentro de la iglesia? El arte todavía se ve como una carga para los municipios.

P. Entonces, ¿quizá tal vez recuperar el mecenazgo?

R. Aquí nunca ha existido el mecenazgo. El clero, por ejemplo, ha fomentado el arte sacro para evangelizar, y los particulares para su propia publicidad. Y la Ley de Mecenazgo que tenemos es escandalosa: sólo desgrava el 25% de lo que uno gasta, cuando debía de desgravarlo todo.

P. Erik, ¿por qué se le conoce a usted más como falsificador que como ladrón de arte?

R. He falsificado mucho para los museos: siempre para divertirme, siempre para mi placer.

P. Cuenta que detrás de un robo hay siempre un coleccionista.

R. Necesariamente. Los grandes expoliadores de la Historia han sido los museos internacionales: todo lo que tienen ha sido robado.

P. Y supongo que por eso el mundo del coleccionismo es tan celoso de su anonimato: una especie de mafia.

R.Evidentemente, y también los Estados son celosos de esta información, porque al final el coleccionismo privado va a parar a los museos, legado por las familias.

P. De hecho, usted ha robado siempre por encargo, con contrato previo y para quien ha querido, ¿no?

R. ¿Quién se atreve a robar una obra de arte tipificada y pasearla a ver quién se la compra? Todos los que lo han hecho han ido a la cárcel.

P. Usted a su vez contrataba a su banda, que finalmente se fue haciendo estable: usted y tres fijos.

R. Claro, uno solo no sería capaz. Uno sube al techo, el otro baja la obra, otro carga y otro más conduce. Parece simple, pero no lo es, tiene que estar muy bien planeado y contar con la suerte. Yo tuve mucha, nunca nos descubrieron, ni uno de mis hombres ha sido interrogado nunca por la policía.

P. ¿Es posible que aún operen?

R. No lo sé, no creo, porque eran más viejos que yo y ya no estamos para esas cosas. Son cosas del pasado: he hecho tantas que ni me acuerdo, sólo sé que me divertía.

P. ¿Y de qué manera conseguía evitar la violencia?

R. Porque éramos buenos profesionales, no necesitábamos usar la fuerza. Mis hombres eran todos militares, mercenarios. Me di cuenta de que eran los mejores.

P. ¿Cómo le descubrieron la primera vez, en Bélgica?

R. No lo recuerdo (...) Ah, sí: porque mi cliente era un policía.

P. Fue condenado, la Fiscalía pedía para usted 384 años, y se fugó durante un permiso carcelario.

R. Me hacían chantaje por un robo cometido en Alemania: o devolvía las obras o no saldría jamás. Así que opté por fugarme, y una vez que tomé esta decisión, mi vida cambió totalmente: me convertí en un fugitivo.

P. Entonces se viene a España, 1975, para distribuir arte a toda Europa: sus contactos eran sacerdotes, sacristanes y gitanos. Ante la impunidad reinante, decide volver a la actividad, hasta que en 1982 la situación se hizo insoportable.

R. Tenía 42 años y estaba agotado, tenía que solucionar mi vida, mi foto salía en todas partes y... Así que me dejé detener, en Sitges. Creía que tenía controlado todo el proceso legal, pero no me salió bien el tema.

P. ¿Se le fue de las manos?

R. A mí no, a ellos: me torturaron, y eso cambió mucho mi forma de ver las cosas. Cumplí 37 meses de preventiva en la cárcel Modelo (Barcelona) y siete años de libertad provisional, sin papeles. Luego llegó el juicio y fui absuelto, ¿no cree que se podía haber celebrado antes?

P. ¿Usted cree en la Justicia?

R. En la Justicia sí, pero no en las leyes. Se trata de dos cosas completamente distintas.

P. Sin embargo, tuvo que colaborar con ella, ¿no?

R. Jamás. Yo lo que hice fue un pacto a mi manera con la cultura, no con la policía. Devolví más de 1.000 obras de arte de forma anónima, y he seguido haciéndolo, cosa que la policía nunca me ha podido perdonar, porque no hubo detenidos, ni escándalo ni ningún tipo de publicidad.

P. ¿Y dónde estaban?, ¿dónde está todo lo que robó?

R. Vendido, claro, pero se hacen las gestiones necesarias, e incluso consigo las piezas al mismo precio que se pagó entonces, hace 20 años, porque yo soy una persona muy fiable. Lo importante no es dónde aparezcan sino que aparezcan.

P. ¿Y de dónde salía el dinero con el que usted las pagó?

R. Evidentemente, de mi bolsillo, siempre que he podido. Pero mi bolsillo no es tan competente, por eso he recuperado tan poco. He conseguido mucho más con la fuerza del corazón que con el dinero; a veces las cantidades que me piden son ridículas.

P. ¿Nunca le han confiscado lo que había ganado con el expolio, que asciende al menos al 10% de lo que se pagaba por lo robado?

R. No, yo todo el dinero que tengo lo he ganado de forma legal. He ganado diez veces más vendiendo obras que he comprado legalmente al clero que con las cuatro cosas que he robado. Eso de robar era un lujo, lo hacía por amor al arte y a la persona a la que vendía: nunca he aceptado un encargo de alguien que no me gustara, igual que ahora no pinto para nadie que no me guste.

P. Casi un juego.

R. Sí, se trataba de un juego que me daba muchas satisfacciones, que me obligó a vivir al margen de las normas sociales y de la política, así que yo he creado mi propio sistema de valores, en silencio, porque si hablaba iba a la cárcel. Y así he podido conservar mi adolescencia.

P. ¿Ya puede volver a Bélgica?

R. Sí, hace años que tengo pasaporte y un certificado de antecedentes penales limpio (se ríe, efectivamente, como un niño travieso, agarrado a la chicharra de su cigarrillo).

P. Erik, ¿tiene la sensación de haber vivido demasiado rápido?

R. El tiempo es siempre algo relativo. La primera vez que usted hace el amor con un hombre le parece que aquello dura 1.000 días, y es sólo un cuarto de hora; cuando lleve 25 años viviendo con él, le parecerá que el tiempo..., que no existe. Yo he tenido una vida intensa, es más una cuestión de libertad que de rapidez. Más aún que la Justicia, aprecio la libertad.

P. Fue monaguillo y aprendió a amar el arte, estudió Bellas Artes y aprendió a pintar, luego fue anticuario y entonces aprendió a robar.

R. Sí, como anticuario aprendí a ganar dinero con las obras de arte: me apasionaba. El expolio fue una circunstancia histórica, todo el mundo venía aquí en busca de obras de arte que ya no se vendían en ningún lugar del mundo.

P. Y ahora parece que regresa a su punto de partida, pintando, haciendo caridad con la Iglesia. ¿Cualquier día lo vemos de sacristán?

R. Dedico mi tiempo a asesorar a coleccionistas, inversionistas, bancos, museos de todo el mundo menos de España. Aquí aconsejo a los comités de defensa y restauración del patrimonio. Mi pasión se ha convertido hoy en mi vocación. Cuando me queda tiempo, pinto, y casi todo lo regalo; hago muchas cosas, duermo sólo cuatro horas al día.

P. Siete veces casado, tiene seis hijos de seis mujeres distintas...

R. ¿Y sabes por qué? Pues porque nunca he podido dormir junto a una mujer que no me gusta. No, si no me gusta: a otra cosa.

P. Su última mujer, Nuria Gutiérrez de Madariaga, malagueña y abogada, ¿alguna vez le ha defendido de sus causas penales?

R. Sí, claro. Me sacó de la cárcel hace 16 años, así la conocí. Pero la verdad es que me enamoré de ella un año y medio después de aquello, ocurrió en Madrid, de golpe, y hasta hoy. (Ella ha llamado unas cinco veces por teléfono en lo que va de entrevista, para preguntar qué tal se encuentra y, seguramente, para saber cómo lleva la cerveza y los otros aditamentos y... Cometidos de mujer. Al parecer, Nuria está al otro lado del piso, tras esas puertas de cristal esmerilado que acceden a los departamentos íntimos de la familia; su presencia es como la luz baja que se intuye más allá de la mampara, sus ojos están dibujados a la espalda de Erik, sobre una figura copiada de Gustav Klimt: un efecto óptico hace que le sigan allá donde se mueva).

P. ¿Usted la había elegido para que le defendiera?

R. Sí, pero por accidente. Ella es una famosa abogada de causas de narcotráfico, fue también la defensora de Al-Kasar. Entonces me divorcié, nos casamos y vinimos a vivir a Málaga, donde ella trabaja.

P. Erik, le han hecho propuestas millonarias para comprar sus memorias, ¿por qué no las escribe usted mismo? Tiene ahí material para una novela negra de las buenas.

R. Yo ya hago memoria todo el día, no tengo tiempo. Las cosas están bien así, no creo que se deban hacer públicos asuntos que la gente no puede llegar a entender.

   
   

 

El pecador impecable

Lleva más de 15 años donando obras a la Iglesia, algunas que robó y vendió, y otras que copió y sigue copiando admirablemente, aunque sus ojos ya no se lo permitan. Erik tiene alma de niño y salud de anciano, a sus 61 años. Es diabético, lleva dos “bay-pass” en la aorta, implantados a corazón abierto, y va a por el tercero; bebe cerveza de litrona y fuma sin parar cigarrillos liados. Si no es con ánimo de redención, ¿con qué ánimo regala tanto al clero y a las mojas? “Circunstancias de la vida, el arte es una pasión, y a veces la gente me da lástima”. Qué relación ésta, ¿habrá cambiado la Iglesia o habrá cambiado el belga? Pues ni una cosa ni la otra: Erik dice que sus relaciones han sido siempre “excelentísi- mas”, aunque él les robara sus templos: “Bueno, les ‘gobaba’..., eso no tiene importancia: el clero me ha perdonado ampliamente. Lo que yo le he robado es mucho menos que lo que le he comprado”. Imaginen la cara del cura cuando Erik se le presenta a su puerta: “Buenas tardes, soy Erik el Belga, yo robé su Iglesia y ahora vengo a regalarle...”. “Siempre buena cara”, concluye él.

   

 

Misteriosa colección

Se ha dicho que Erik el Belga trataba de traer a nuestro país una colección que guarda oculta en algún lugar de Estados Unidos. Falso. Lo que él deseaba traer eran colecciones privadas que, en la mayoría de los casos, ya han sido colocadas en los museos. “Por mi profesión y por el respeto que las familias me tienen, tengo acceso a lo mejor del mundo del arte gótico y románico. Hay que pensar que mis coleccionistas me doblaban o triplicaban la edad, y hoy están todos muertos. A sus herederos, normalmente, les interesa más la fábrica de plásticos o la química que las piezas de arte, que no tienen dónde meterlas. Durante dos años he estado peleando con bancos y con la Iglesia para que ellos compraran estas obras, pero no lo he logrado. Por eso todo se ha vendido a museos extranjeros. La única persona que en España se ha interesado ha sido el alcalde de Marbella”. Y claro, Jesús Gil, no. “Bueno, yo he pintado su caballo. Le respeto mucho. Sin embargo, las personas que me venden sus obras también quieren saber dónde se van a colocar, y...”. Vale, que no es el caso. “El negocio del robo de arte lo inventó el clero. El Vaticano recomendó venderlo, pero no dijo qué había que vender y qué valor tenía; entonces el clero, sin pedir consejo, sin saber qué valor tenía, vendió lo sucio y lo viejo, aquello que le estorbaba”.

Manual para un amante ladrón

Ayudando en las misas amó el arte, en la escuela de Bellas Artes de Bruselas, aprendió a pintar: lo hace magníficamente. Sin embargo, ¿cómo diablos aprendería a robar tan fino? “Fue un apasionamiento, si hubiera robado ordenadores o dinero no me hubiera sucedido lo mismo. Yo era un apasionado de los coleccionistas, de su cultura, de su forma de ser. Con 24 años ya estaba haciendo cosas”. O sea, robando museos e iglesias.

Sube un muro, fuerza una puerta, escala a la hornacina..., no debe de ser tarea fácil. “Eso son detalles que hoy en día no tienen importancia. Sé de niños que se meten en un ordenador y vacían un banco”. Un juego, “sí, un juego de otra época”. Con alevosía: en el hueco de la talla mayor dejaba su firma: una botella de champagne y dos copas vacías. “No lo hacía siempre, solamente a veces; es un secreto de mi memoria”. Venga (muchas risas para quitarle importancia):

“Era como brindar a la belleza, y al amor”.

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